Corazón
Corazón Pasaron labradores y peones: de la escuela Boncompagni. De la escuela de la Ciudadela se presentó un limpiabotas, conocido de mi padre, al que el Gobernador entregó un diploma. Tras él vi pasar a un hombretón, con aspecto de gigante, al que me parecía haber visto otras veces… Era el padre del albañilito, que había ganado ¡el segundo premio! Recordé haberle visto en la buhardilla, junto a la cama de su hijo enfermo, y busqué enseguida con la vista a su hijo. El pobre albañilito miraba a su padre con los ojos brillantes, y, para ocultar y disimular su emoción, ponía el acostumbrado hocico de liebre.
En aquel instante oí un estruendoso aplauso. Miré al escenario y vi a un pequeño deshollinador, con la cara lavada, pero con su traje de faena; el Alcalde le hablaba sujetándole la mano. Después del deshollinador apareció un cocinero. A continuación se presentó a recoger su premio un barrendero municipal, de la escuela Ranieri. Dentro de mí sentía un no sé qué, algo así como un gran afecto y mucho respeto, pensando cuánto habrían costado los premios a todos aquellos esforzados trabajadores, padres de familia en gran número, llenos de preocupaciones; cuántas fatigas sumadas a las de su oficio, cuántas horas arrebatadas al sueño del que tanto necesitan, y también cuánto esfuerzo de su inteligencia, no acostumbrada al estudio, con las manos encallecidas en el rudo trabajo.