Corazón
Corazón Subió al escenario un aprendiz de taller, al que su padre le debía haber prestado su chaqueta; tanto le colgaban las mangas que allí mismo tuvo que subírselas para poder tomar su premio; muchos rieron, mas pronto quedó acallada la risa con los aplausos. Después apareció un viejo, con la cabeza calva y la barba blanca. Tras él pasaron soldados de artillería, de los que asistían a clase en nuestro grupo; luego policías municipales y guardias de los que prestan servicio ante nuestras escuelas.
Los alumnos de las escuelas nocturnas cantaron, por último, el himno en honor de los caídos en Crimea, pero esta vez con tanto ímpetu, con un sentimiento tal, que la gente, emocionada, casi no aplaudió, tras de lo cual salieron todos conmovidos, lentamente y sin hacer ruido.
En pocos minutos toda la calle estaba llena de gente. Delante de la puerta del teatro se encontraba el deshollinador con su libro de premio, encuadernado en tela roja, rodeado de un grupo de señores que le hablaban. Por uno y otro lado de la calle se intercambiaban afectuosos saludos obreros, muchachos, guardias y maestros. Vi a mi maestro de segundo entre dos soldados de Artillería, y mujeres de obreros con niños en brazos que llevaban en sus manecitas el diploma del padre y lo enseñaban con orgullo a la gente.