Corazón

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Mario la miró un instante, vio la mancha de sangre que había dejado en ella, se acordó de lo que había hecho por él y cruzó por su mente una idea divina.

—¡El más pequeño! —gritaban a coro los marineros con imperiosa impaciencia—. ¡Nos vamos!

Entonces Mario, con una voz que no parecía la suya, gritó:

—¡Ella pesa menos! ¡Vete tú, Julia! ¡Te cedo mi sitio! ¡Anda, mujer! Tú tienes padres, y yo soy solo.

—¡Échala al mar! —corearon los marineros.

Mario cogió a Julia por la cintura y la echó al agua.

La muchacha dio un grito y cayó; un marinero la agarró de un brazo y la subió a la barca.

Mario permaneció firme sobre la borda del buque, con la frente erguida y el cabello flotando al viento, inmóvil, tranquilo, sublime. La barca se puso en movimiento y apenas tuvo tiempo de esquivar el vertiginoso remolino de agua formado por el buque al hundirse.

La muchacha, que hasta aquel momento había estado casi inconsciente, alzó los ojos hacia el chico y empezó a llorar desconsoladamente.

—¡Adiós, Mario! —gritó entre sollozos, con los brazos tendidos hacia él—. ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós!


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