Corazón
Corazón —Yo debo morir en mi puesto —contestó el capitán.
—Encontraremos algún barco —le gritaron los marineros— y nos salvaremos. ¡Baje! ¡Está perdido!
—¡Yo me quedo aquÃ, marchaos vosotros!
—¡TodavÃa hay un sitio! —gritaron entonces, dirigiéndose a los otros pasajeros—. ¡Una mujer!
Entonces avanzó una mujer, sostenida por el capitán; pero, al ver la distancia que le separaba de la chalupa, no tuvo valor para dar el salto y cayó sobre cubierta. Las demás mujeres casi todas estaban desvanecidas y como muertas.
—¡Un chico! —gritaron algunos.
Al oÃrlo, el muchacho siciliano y su compañera, que hasta entonces habÃan permanecido como petrificados por un estupor sobrehumano, impulsados por el instinto de vivir, se apartaron a la vez del palo y corrieron al borde del buque, exclamando a la vez:
—¡Yo! —Y se rechazaban el uno al otro como dos fieras salvajes.
—¡El más pequeño! —dijeron los de la chalupa—. ¡La barca está sobrecargada! ¡El más pequeño!
Al oÃrlo, la muchacha, como herida por un rayo, dejó caer los brazos y permaneció inmóvil, mirando a Mario con los ojos apagados.