Corazón
Corazón Entretanto, sobre cubierta se desarrollaba un espectáculo estremecedor. Las madres estrechaban desesperadamente contra su pecho a los hijos; los amigos se abrazaban y se daban el adiós de despedida definitiva; algunos bajaban a los camarotes para morir sin ver el mar. Un pasajero se pegó un tiro en la cabeza, y fue rodando escaleras abajo hasta el dormitorio, donde expiró. Muchos se agarraban frenéticamente los unos a los otros y algunas mujeres padecían horribles convulsiones. No pocos se arrodillaban rodeando al sacerdote. Se oía un coro de sollozos, de lamentaciones infantiles, de voces agudas y extrañas, viéndose por aquí y por allá personas tan inmóviles como estatuas, atontadas por el pánico, con los ojos dilatados y sin vista, caras cadavéricas, y propias de locos. Mario y Julia, agarrados a un mástil, miraban el mar con los ojos fijos, como alucinados.
El mar se había aquietado un poco; pero el buque continuaba hundiéndose lentamente; sólo le quedaban unos minutos de vida.
—¡La lancha al agua! —gritó el capitán.
Una chalupa que quedaba, la última, fue lanzada al mar, y se metieron en ella catorce marineros y tres pasajeros.
El capitán permaneció a bordo.
—¡Venga con nosotros! —le dijeron desde la barca.