Corazón
Corazón Después de una hora de trabajo, no pocos empezaban a desanimarse porque el problema era difícil. Uno lloraba. Crossi se daba puñetazos en la cabeza. Muchos no tenían culpa de no saber resolverlo, por no haber tenido tiempo para estudiar lo suficiente o por no haberlos ayudado los padres en casa durante el curso.
Pero siempre se encuentra la providencia. Era un espectáculo ver cómo se las arreglaba Derossi para pasar una cifra y sugerir una operación, sin que le descubriesen; parecía nuestro maestro. También ayudaba en lo que podía Garrone, que está fuerte en Aritmética, y hasta Nobis, que, al hallarse en apuros, se había vuelto amable. Stardi estuvo inmóvil más de una hora, con los ojos fijos en el problema y los puños en las sienes; luego todo lo hizo en cinco minutos.
El maestro daba vueltas por entre los bancos y decía:
—¡Calma! ¡Calma! No os precipitéis y reflexionad un poco.
Cuando veía a alguno descorazonado, para hacerle reír e infundirle ánimos, abría la boca como para tragárselo, imitando al león.