Corazón
Corazón Hacia las once, mirando a través de las persianas, vi abajo a muchos padres que se paseaban con cara de impaciencia; estaba el padre de Precossi, con su blusa azul y la cara llena de tiznajos: seguramente acabaría de salir de la fragua. También vi a la madre de Crossi, la verdulera, y la de Nelli, vestida de negro, que no podía estar un momento quieta. Poco antes del mediodía llegó mi padre y miró hacia la ventana por donde yo estaba. Pobre padre, ¡cuánto me quiere!
A las doce en punto todos habíamos terminado.
Había que ver lo que ocurrió a la salida. Los padres venían a nuestro encuentro, y no paraban de hacernos preguntas, hojear los cuadernos y comparar los trabajos de unos y de otros. Se oían estas y parecidas preguntas: «¿Cuántas operaciones?» «¿Cuál es el total?» «¿Y la substracción?» «¿Y la respuesta?» «¿Y la coma de los decimales?»…
Los maestros iban de una a otra parte, requeridos por multitud de padres.
Mi padre me tomó enseguida el borrador, miró y dijo:
—Está bien.
A nuestro lado estaba el herrero Precossi, que miraba también el trabajo de su hijo, algo inquieto, porque no se aclaraba. Dirigiéndose a mi padre, le preguntó:
—¿Tendría la bondad de decirme el resultado?