Corazón
Corazón Mi padre se lo dijo. Miró el de su hijo y comprobó que era el mismo.
—¡Bravo, hijo! —exclamó muy contento. Mi padre y él se miraron con cara de satisfacción, como dos buenos amigos, y el herrero estrechó la mano que le tendió mi padre. Se separaron diciendo:
—Hasta el examen oral.
Poco después oímos una voz de falsete, que nos hizo volver la cabeza. Era el herrero, que se alejaba cantando.