Corazón

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—¡Esto sí que es gimnasia y no los movimientos de brazos que hacemos en la escuela! Quiero que cuando regrese mi padre encuentre toda esta leña serrada; se alegrará. Lo malo es que, después de este trabajo, hago unas tes y unas eles que, como dice nuestro maestro, parecen serpientes. ¿Qué quieres? Le diré que he tenido que mover los brazos. Lo importante es que mi madre se ponga bien pronto, eso sí. Hoy, gracias a Dios, está bastante mejor. La Gramática la estudiaré mañana al levantarme. ¡Ah, ahora viene el carro con los troncos! ¡Al trabajo!

Un carro cargado de troncos se detuvo ante el almacén. Coretti salió para hablar con el hombre que lo conducía y luego volvió.

—Ahora no puedo hacerte compañía —me dijo—, así es que hasta mañana. Has hecho bien en venir a verme. ¡Buen paseo, Enrique! ¡Dichoso tú!

Nos estrechamos las manos, corrió a cargar el primer tronco y empezó a hacer viajes del carro al almacén y viceversa, con su cara sonrosada, su gorrita de piel en la cabeza, siempre tan vivo que da gusto verlo.

«¡Dichoso tú!», me había dicho. Ah, no, Coretti, tú tienes mayor dicha, porque eres más útil a tu padre y a tu madre, cien veces mejor que yo, y un chico de mucho valor, querido compañero mío.


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