Corazón
Corazón —Debéis querer mucho a los soldados. Son nuestros defensores. Ellos irÃan a hacerse matar por nosotros si mañana un ejército extranjero amenazase nuestro paÃs. Son también muchachos, pues tienen pocos más años que vosotros, y también van a la escuela: hay entre ellos pobres y ricos, como entre vosotros, y vienen también de todas partes de Italia. Vedlos, casi se les puede reconocer por la cara: pasan sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Éste es un regimiento veterano, de los que han combatido en 1848. Los soldados no son ya aquéllos, pero la bandera es siempre la misma. ¡Cuántos habrán muerto por la patria alrededor de esa bandera, antes que hubierais nacido vosotros!
—¡Ahà viene! —dijo Garrone. Y en efecto, se veÃa ya cerca la bandera, que sobresalÃa por encima de la cabeza de los soldados.
—Haced una cosa, hijos —dijo el Director—; saludad con respeto la bandera tricolor.
La bandera, llevada por un oficial, pasó delante de nosotros, rota y descolorida, con sus medallas sobre el asta. Todos a la vez llevamos la mano a las gorras. El oficial nos miró sonriendo y nos devolvió el saludo con la mano.