El Improvisador
El Improvisador —Esta es probablemente —dijo mi anciana madre— la última vez que volvamos juntos los dos por la campiña, mientras mis ojos estén aún abiertos. Tus pies pisarán suelos resplandecientes y alfombras multicolores, algo que la vieja Domenica jamás pudo hacer; pero siempre has sido un niño bueno y seguirás siéndolo y nunca te olvidarás de mÃ, ni del pobre Benedetto. ¡Dios mÃo, un plato de castañas asadas aún será capaz de hacerte feliz! Siéntate a soplar las cañas, y mientras arden y se asan las pobres castañas, podré ver en tus ojos a los ángeles de Dios. Nunca más serás tan feliz con un regalo tan insignificante. Los cardos del campo tienen flores rojas, pero en los suelos deslumbrantes del poderoso no crece ni una mala hierba, y son tan lisos que no es difÃcil resbalar y caer. No olvides jamás que eres un niño pobre, mi pequeño Antonio. ¡Recuerda que deberás ver sin ver, oÃr sin oÃr! De este modo saldrás adelante en este mundo. Y cuando nuestro Señor nos libere a Benedetto y a mÃ, cuando el niñito que acunabas vaya por la vida entre los pobres del campo, tal vez, un dÃa, tú pasarás en tu propio coche, o a lomos de un precioso caballo, y te detendrás en la salita de la antigua tumba en la que dormiste, donde jugabas y vivÃas con nosotros. Encontrarás personas desconocidas que te harán grandes reverencias. No seas altanero entonces, piensa en los viejos tiempos, piensa en la vieja Domenica, verás el lugar donde asábamos las castañas y el sitio donde acunabas a la criatura. Y pensarás en tu infancia de niño pobre, ¡alma bendita! —y me dio un beso muy fuerte, bañado en lágrimas. Era como si mi corazón estuviera a punto de romperse. El regreso a casa y sus palabras me fueron más difÃciles de soportar que la despedida propiamente dicha, pues ese dÃa no habló, se limitó a llorar y, cuando estábamos ya fuera, salió corriendo y cogió de la pared la vieja estampa de la Madonna, casi oscurecida por el humo, que tenÃamos pegada al lado de la puerta, y me la dio. Yo la habÃa besado tantas veces… y no tenÃa otra cosa que darme.