El Improvisador
El Improvisador —¡Son ellos! —dijo Domenica. Las sombras se inclinaron una hacia la otra en la penumbra de la ventana, y un beso unió a los novios. Vi a mi anciana madre adoptiva juntar las manos y rezar, y yo me arrodillé frente a los negros cipreses y oré por mi bondadosa Signora. Domenica se arrodilló a mi lado—. ¡Que sean muy felices! —y el fuego cayó del cielo como miles de estrellas fugaces precipitándose desde las alturas. Pero mi buena anciana seguÃa llorando, lloraba ahora por mÃ, pues pronto habrÃamos de separarnos. Sua Eccellenza habÃa reservado una plaza para mà en el Colegio de los Jesuitas, donde me formarÃa con otros niños para que mi vida pudiera ser mejor que la que podrÃan ofrecerme la vieja Domenica y la campiña.