El Improvisador

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¡Hay boda en Villa Borghese, una boda deslumbrante! La noticia llegó unos días después hasta la casucha de Domenica, en la campiña; Francesca era novia de Fabiani y en pocos días se iría con él a la hacienda que poseía cerca de Florencia. Los esponsales tendrían lugar muy cerca de Roma, en la Villa de la familia Borghese, en el bello y espeso bosque de encinas y laureles donde esbeltos pinos yerguen sus altas copas, verano e invierno, frente al cielo azul. Entonces, igual que ahora, ese bosque servía de lugar de esparcimiento para romanos y forasteros; ricos carruajes circulaban por los estrechos senderos entre encinas, blancos cisnes nadaban en lagunas perfectamente calmas donde se reflejaban los sauces llorones y una cascada artificial se precipitaba sobre bloques de piedra. Romanas de altos senos y ojos de fuego se dirigían a los esponsales y miraban orgullosas a las alegres muchachas campesinas que bailaban por el camino tocando la pandereta. La anciana Domenica recorrió a pie, conmigo, el largo camino por la campiña, pues también nosotros podríamos asistir a la boda de nuestros benefactores. En el jardín, donde las altas alamedas tienen sus árboles plantados en espaldera junto a las blancas tapias, estábamos nosotros viendo el parpadeo de las luces por las ventanas. Francesca y Fabiani habían recibido el sacramento del matrimonio. Desde el salón llegaba hasta nosotros el sonido de la música; y desde la verde explanada en la que se había dispuesto un anfiteatro, ascendían cohetes y preciosos peces de fuego que jugueteaban en el cielo azul. Las sombras de una dama y un caballero se deslizaron frente a la alta ventana.


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