El Improvisador

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La Signora se había marchado con su esposo, yo era colegial en la escuela de los jesuitas; nuevas ocupaciones llenaban mi mente, surgieron nuevas amistades, comenzaba ahora la parte dramática de mi vida. Aquí, los años se confunden unos con otros, cada hora rebosante de cambios, hay todo un ciclo de imágenes que ahora, al verlas desde lejos, se funden en un único gran cuadro: mi vida en la escuela. El mundo de mi espíritu se iba manifestando, progresando y creciendo igual que le sucede al forastero que por primera vez asciende a las montañas y, desde arriba, ve a sus pies un mar de nubes y brumas, que poco a poco van alzándose o abriéndose, hasta el momento en que asoma la cima de una montaña, luego aldeas, o la solana de un valle. Tierras y ciudades, con las que jamás había siquiera soñado, nacían detrás de las montañas que cerraban la campiña, la historia hacía que el más mínimo lugarejo apareciese poblado de gente, me cantaba extrañas leyendas y raros cuentos; cada flor, cada planta, adquiría significado, pero lo que más bello me parecía era mi tierra patria, la maravillosa Italia. Me sentía orgulloso de ser romano, cada lugar de mi ciudad natal me resultaba entrañable y apasionante, los capiteles caídos, aprovechados para rematar las esquinas de las estrechas calles, eran para mí santas reliquias, columnas de Memnón que cantaban a mi corazón. Los juncos del Tíber me susurraban historias sobre Rómulo y Remo, arcos de triunfo, columnas y estatuas me grababan en lo más hondo la historia de mi patria; yo vivía la Edad Clásica, y mi presente, es decir, los maestros y la historia, me alababan y honraban por ello.


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