El Improvisador

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Ya de mayor, he pensado muchas veces en la poesía, ese extraño impulso divino. Para mí es como el preciado oro de la mina; la formación y la educación son los hábiles mineros que saben cómo extraerlo; en ocasiones podemos encontrar pepitas de total pureza: las improvisaciones líricas del poeta natural. Una veta lleva oro, otra, plata, pero también hay estaño y metales inferiores, a los que no debemos despreciar, pues muchas veces, a base de pulirlos y abrillantarlos, pueden acabar pareciendo oro y plata auténticos; de acuerdo con los diferentes metales, clasifico a mis poetas en gentes de oro, plata, cobre y hierro. Pero ahora se añade un grupo nuevo, aquellos que solamente trabajan con simple arcilla de ceramista, los no poetas, que estarían encantados de ser considerados parte de la categoría. Habbas Dahdah era uno de éstos, y había llegado justo al punto de saber fabricar cierto tipo de cacerola que vaciaba sobre la gente con algo así como libertad poética, aunque ni por la profundidad de su sensibilidad ni por su estro poético mostraba asomo alguno de poesía. Versos ligeros y ágiles, artísticas construcciones a partir de los mismos que formaban algo así como floreros, corazones y cosas semejantes, eran lo que más gozaba de su aplauso y su admiración. Era quizá la asombrosa melodía de los sonetos de Petrarca lo que lo entusiasmaba de este poeta, aunque también podía tratarse simplemente de la moda, o de una idea fija, un instante de luz en la endeblez de sus intuiciones, pues Petrarca y Habbas Dahdah eran dos seres total y absolutamente diferentes. Él nos hizo aprender casi una cuarta parte del largo poema épico África[26], de modo que los Escipiones se vieron premiados con saladas lágrimas y buenas palizas. Diariamente se nos ponía de relieve la profundidad de Petrarca; «los poetas superficiales», decía él, «esos que sólo pintan con acuarela, los hijos de la fantasía, ¡son los alevines de la degradación! Incluso el más grande de todos, Dante, capaz de poner en movimiento cielo, tierra e infierno, en un intento de alcanzar una inmortalidad que Petrarca consigue con un pequeño soneto, me resulta difícilmente soportable. Ojalá hubiera seguido su plan original de no escribir sino en latín, pues entonces haría al menos un buen objeto de estudio, pero le resultó demasiado difícil y escribió en ese volgare que aún seguimos usando. Y escribió un río entero, al decir de Boccaccio, por el que podría nadar un león y pasear un cordero; yo no encuentro semejante profundidad y simpleza. Carecía de cimientos realmente firmes, siempre oscilando entre la antigüedad y los tiempos modernos. En cambio, Petrarca, ese apóstol de la verdad, no se limitaba a usar la pluma para arrojar al infierno a un papa o un emperador muertos; él era de su tiempo y como el coro de la tragedia griega, o como una Casandra masculina, se alzaba para amonestar y acusar a papas y príncipes. Hablando cara a cara con Carlos IV se atreve a decirle: “¡Eres claro ejemplo de que las virtudes no se heredan!”. Con la más noble conciencia, animó a sus contemporáneos a decidir si era digno, o no, de ser coronado como poeta, cuando Roma y París quisieron ofrecerle la corona. Durante tres días se hizo examinar por ellos, como si fuera un simple patán como vosotros, antes de ascender al Capitolio, donde el rey de Nápoles lo envolvió en el manto de púrpura y el senado de Roma le entregó la corona de laurel, que Dante jamás pudo conseguir[27]».


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