El Improvisador
El Improvisador Un día, cuando paseaba por Piazza Navona[28] entre los montones de naranjas y de chatarra de toda clase, dispuestos sin orden ni concierto sobre el suelo, además de ropas viejas y toda la quincalla, más propia de un trastero, que se ofrece en la plaza, encontré una mesa con libros y estampas antiguos. Había allí caricaturas de devoradores de macarrones, madonnas con la espada atravesando su corazón sangrante, y cosas así, en enorme variedad. Un volumen del Metastasio atrajo mi atención. Llevaba un paolo[29] en el bolsillo. Una auténtica fortuna para mí, y los últimos restos de los scudi que Sua Eccellenza me había regalado seis meses antes para mis gastos. Algunos baiocchi quería gastarlos en Metastasio, pero no podía perder todo el paolo[30]. El trato casi había acabado, cuando mis ojos fueron a dar a una portada: Divina Commedia di Dante. ¡La prohibida fruta del conocimiento del bien y del mal! Dejé a Metastasio y cogí el otro, pero su precio era demasiado elevado para mí, sólo lo venderían por tres paoli; le estuve dando vueltas en la mano a mi dinero hasta que empezó a quemarme como el fuego, pero se negaba a multiplicarse por dos, y sólo hasta ese precio podría regatear con el vendedor, pues era el mejor libro de Italia, la primera obra poética del mundo, dijo, y un auténtico río de alabanzas a Dante, al mismo Dante que tanto criticaba Habbas Dahdah, brotó de los labios de aquel hombre.