El Improvisador
El Improvisador —Cada una de sus páginas —dijo—, es tan buena como una homilÃa entera. Es un profeta de Dios, de cuya mano atraviesa los fuegos del infierno camino del paraÃso eterno. Usted no lo conoce, joven. De otro modo se lo llevarÃa al momento, aunque le pidiera un scudo. Para su vida entera tendrá usted el libro más bello de la patria, y por sólo dos miserables paoli.
¡Ay, cómo me habrÃa gustado poder darle incluso tres, de haberlos tenido, pero en ese momento, como la zorra ante las uvas verdes, a fin de mostrar que yo también tenÃa mis trucos, eché mano de los discursos de Habbas Dahdah contra Dante, y alabé a Petrarca!
—SÃ, sà —dijo el librero, que defendió a su poeta con gran entusiasmo y no menor vehemencia—: usted es demasiado joven y yo soy demasiado lego para juzgar a personas asÃ. ¡Que cada uno valga para lo suyo! ¡Usted no lo ha leÃdo! ¡Usted no sabe de lo que habla! ¡Sangre joven y caliente no puede sustentar semejantes barbaridades contra tamaño profeta de la humanidad!
Cuando le confesé, con toda sinceridad, que mi juicio estaba basado única y exclusivamente en las afirmaciones de mi maestro, cogió el libro, lleno de admiración por su poeta, y me lo entregó, pidiéndome solamente, a cambio del paolo que faltaba, que lo leyese antes de criticar al orgullo de Italia, a su querido y celestial Dante.