El Improvisador
El Improvisador Mi madre era viuda, lo único que tenía para vivir era lo que ganaba cosiendo y alquilando una habitación bastante grande en la que habíamos vivido nosotros antes: ahora ocupábamos la pequeña buhardilla mientras que un joven pintor, Federigo, estaba alojado en el salón, que era como llamábamos a aquella estancia. Era un joven alegre, procedente de un lugar muy lejano, tanto que allí no conocían a la Virgen María ni al Niño Jesús, según decía mi madre. Era de Dinamarca. En esos tiempos, yo era incapaz de entender que pudiera existir más de un idioma y, por tanto, cuando no me comprendía bien, creía que era sordo, así que gritaba las palabras con todas mis fuerzas y él se reía de mí. Me regalaba fruta y me dibujaba soldados, caballos y casas, de modo que enseguida nos hicimos amigos; yo le tenía mucho aprecio, y también mi madre solía decir que era una persona muy decente. Una tarde, en esos años, oí una conversación entre mi madre y Fra Martino, que me produjo un sentimiento muy peculiar por el joven artista. Mi madre preguntó si era cierto que el extranjero estaba condenado al infierno para toda la eternidad.
—Porque a fin de cuentas, él, y la mayoría de los extranjeros —dijo mi madre— son gente muy decente, que nunca hacen mal a nadie. Son buenos con los pobres, pagan lo que deben sin discutir; hasta me da por pensar que no cometen los pecados que son tan corrientes entre nosotros.