El Improvisador
El Improvisador —¡Bravo, perro! ¡Muy bien! RepÃtelo y creeré que ya sabes hacer el perro perfectamente.
El hombre tuvo que saltar y la concurrencia, que se habÃa pasado al lado divertido del asunto, aplaudió y gritó bravo.
—¿Adónde vas, judÃo? —preguntó Bernardo—. Venga, te acompañaré —pero ya se habÃa ido. Nadie respondió.
—Vámonos —dije cuando habÃamos salido de entre aquella turbamulta—. Venga, que digan lo que quieran, beberé un frasco de vino contigo. ¡Beberé a tu salud! Seguiremos siendo amigos para siempre, pase lo que pase en nuestras vidas.
—¡Estás loco, Antonio! —respondió—. Y, en el fondo, yo también, por haberme enfadado con ese patán. Me parece que por una temporada no hará saltar a nadie más.
Entramos en la hosterÃa, ninguno de cuyos alegres clientes nos prestó la menor atención. En un rincón habÃa una mesita; allá hicimos llevar una folleta de vino y chocamos nuestros vasos por nuestro feliz encuentro y nuestra amistad eterna; luego nos despedimos. Yo fui al colegio de los jesuitas, donde el viejo custode, mi protector, me abrió la puerta, que estaba cerrada con llave, de forma que nadie se dio cuenta, y al poco dormà soñando con las muchas aventuras de aquella tarde.