El Improvisador
El Improvisador La muchacha judía
Más tarde me sentí angustiado al pensar que había pasado la tarde fuera y que incluso había estado bebiendo con Bernardo en una hostería, pero el caso no tuvo consecuencias negativas, había tenido suerte: nadie me había echado en falta, o bien, como el viejo custode, pensaron que disponía de permiso; lo cierto es que se me consideraba una persona de lo más tranquila y consciente. Los días discurrían apacibles y se convertían en semanas; estudiaba con aplicación y de vez en cuando visitaba a mi noble bienhechora, lo que representaba mi mayor placer; su pequeña abadesa me resultaba de día en día más y más querida; llevaba a la niña dibujos que había hecho yo mismo de pequeño, pero en cuanto jugaba con ellos unos momentos, los dejaba desparramados en pedazos por el suelo; yo recogía los pedazos y los guardaba.