El Improvisador
El Improvisador Por entonces estaba leyendo a Virgilio; el sexto libro, donde la sibila de Cumas conduce a Eneas hasta el Averno, me interesó mucho por su relación con Dante; pensé entonces en mi poema, y ese pensamiento me condujo a Bernardo, a quien no había vuelto a ver en bastante tiempo; lo echaba mucho de menos. Era precisamente uno de los días de la semana en que estaban abiertas las galerías vaticanas; pedí permiso de salida para ver los espléndidos dioses de mármol y los magníficos cuadros, aunque lo que realmente deseaba era encontrar a mi querido Bernardo.
Me encontraba ya en la gran arquería abierta donde se halla el más bello busto de Rafael, y donde el techo entero es la Biblia en espléndidas pinturas, esbozadas por el gran maestro y realizadas por sus alumnos. Los extraños arabescos de las paredes, la legión de ángeles, que aparecen arrodillados y volando con sus grandes alas hacia la eternidad, no eran nuevos para mí; sin embargo, permanecí allí un largo rato contemplándolos, aunque en realidad esperaba que una feliz casualidad trajera a Bernardo entre las salas. Me apoyé contra la cancela y contemplé la preciosa formación montañosa, las orgullosas ondulaciones de la campiña, con un ojo puesto al mismo tiempo en la guardia vaticana, por si se trataba de Bernardo, cada vez que se oía chirriar un sable contra las losas de piedra. Pero no apareció.