El Improvisador
El Improvisador —¿Recuerdas al judÃo? —preguntó—. El anciano judÃo al que los muchachos intentaban obligar a saltar, y que salió corriendo sin dar las gracias por mi caballerosa ayuda, ¿recuerdas? No me olvidé de él ni de la historia. Pocos dÃas después paso por la puerta del gueto; no me fijé hasta que el soldado que estaba de centinela en la puerta me presentó armas, porque yo soy de ésos con elevada graduación; respondo a su saludo y veo allà mismo, al otro lado de la puerta, un grupito delicioso de niñas de ojos negros, de raza judÃa, e imagÃnate, me dieron ganas de pasear por aquellas estrechas y sucias callejas. Allà dentro hay hasta una sinagoga, las casas pegadas unas a otras y hacia el cielo, en todas las ventanas ponÃa: Bereshit bara Elohim[37]! Estaban todos apiñados, como cuando cruzaron el Mar Rojo. Alrededor colgaban ropas viejas, paraguas y todas esas cosas que se guardan en los trasteros; caminaba evitando chatarras, carteles y barro natural, y además habÃa un chillerÃo y un griterÃo invitándome a comerciar, comprar o vender, que apenas me dejaban tiempo ni para mirar a un par de muchachitas de ojos negros que me sonreÃan desde las puertas. Menudo paseo, créeme, Dante habrÃa debido describirlo. De repente se me viene encima un anciano judÃo, se inclina ante mà como si yo fuera el Santo Padre. «¡Eccellenza!», me dice; «mi noble bienhechor, salvador de mi vida, bendita sea la hora en que puedo saludarlo; no piense que el anciano Hanoch es un desagradecido» y muchas cosas más que no entendà ni tampoco recuerdo; en ese momento lo reconocÃ, era el viejo hebreo al que querÃan hacer saltar. «Aquà está mi pobre casa, pero mi umbral es demasiado bajo para que usted pueda entrar por él», y me besó las manos y las faldas de la levita; intenté marcharme, pues toda la vecindad se dedicaba a observarnos, pero miré casualmente la casa y vi la más preciosa cabecita que haya visto nunca, una Venus de mármol con sangre caliente en las mejillas y unos ojos como los de una hija de Arabia… asà que ya ves, seguà al judÃo que me habÃa invitado a su casa. Ciertamente, la entrada era sombrÃa y estrecha, como si se tratase del acceso a la tumba de los Escipiones, y la escalera de piedra y la bonita galerÃa de madera… sÃ, todo ello era especialmente adecuado para aprender a tener paso firme y la más exquisita precaución hasta la punta de los dedos. Pero en el interior de la casa no se estaba tan mal, solamente faltaba la niña, ¡y la de cosas que habÃa que ver! Tuve que digerir un largo discurso de agradecimiento, en el que abundaban las metáforas orientales, que seguramente habrÃan agradado a tu sentido poético. Lo dejé ir, pensando en que la chica acabarÃa por aparecer. Pero no fue asÃ. En cambio, el judÃo tuvo una idea que en otra ocasión habrÃa podido ser especialmente buena; me indicó que yo, como hombre joven que era y estaba en el mundo, sabrÃa gastar el dinero pero que también necesitarÃa más en algún momento, y entonces tendrÃa que recurrir a espÃritus compasivos que supieran mostrarme caridad cristiana al veinte o incluso treinta por ciento… pero que él, lo que resultaba un auténtico milagro en el mundo de los judÃos, estarÃa dispuesto a prestarme sin intereses. ¿Tú? ¿Sin intereses?… Yo era un joven aristócrata y él confiaba en mi honorabilidad. Yo habÃa protegido a una rama del tronco de Israel, y su tocón no iba a desgarrar mis ropas. Como yo no precisaba dinero, no tomé ninguno prestado, pero entonces me preguntó si estarÃa dispuesto a rebajarme degustando su vino, la única botella que tenÃa; no sé lo que respondÃ, lo que sà sé es que apareció en la estancia la más bella muchacha de estirpe oriental, qué formas y qué colores, el cabello relucÃa tan negro como el ébano. Escanció un delicioso vino chipriota para mÃ, y la majestuosa sangre salomónica le subió a las mejillas cuando vacié el vaso a su salud. DebÃas haberla oÃdo hablar, haberla oÃdo darme las gracias por ayudar a su padre, no merecÃa el esfuerzo. Todo aquello sonó como música a mis oÃdos. ¡No era una criatura normal y corriente! Y volvió a desaparecer, sólo quedó el anciano.