El Improvisador

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—Es todo un poema lo que me cuentas —exclamé—. Quedaría precioso, puesto en verso.

—No sabes cómo sufro desde entonces, la de planes que construí en mi cabeza y que luego destruí, para poder ver de nuevo a mi bella hija de Sión. Imagínate, decidí ir a tomar un préstamo que no necesitaba en absoluto. Tomé prestados veinte escudos a ocho días, pero no conseguí verla. Los devolví tres días después, sin tocarlos, y el viejo sonrió y se frotó las manos, pues su confianza en mi tan alabada honorabilidad no era tan grande como había dicho. Alabé su vino de Chipre, pero ella volvió a decepcionarme, fue él quien me lo sirvió con sus flacas manos temblorosas. Mis ojos escudriñaron hasta el último rincón, pero no estaba allí. No se dejó ver; sólo cuando iba ya bajando las escaleras me pareció ver que la cortina de la ventana abierta se movía; tenía que ser ella: «¡Adiós, signora!» grité, pero todo continuó en silencio, como un muro, no apareció nadie. Aún no he conseguido progresar en mi aventura. Aconséjame. ¡No quiero ni puedo renunciar a ella! ¿Qué puedo hacer? ¡Ten alguna idea brillante, muchachito! Sé para mí Saturnia y Venus, que conducen a Eneas y a la hija de Libia hasta las secretas grutas.

—¿Y qué quieres que haga yo? ¡No tengo ni idea de qué podría hacer en algo así!


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