El Improvisador
El Improvisador —¡Tú podrás hacer todo lo que te propongas! El hebreo es una lengua preciosa, un mundo poético de imágenes, tienes que aprenderla, busca un judÃo que te la enseñe. ¡Yo lo pagaré todo! Eliges al viejo Hanoch, porque he hecho mis averiguaciones y pertenece al grupo de los ilustrados del gueto; cuando tu leal criatura se lo haya ganado, conocerás también a su hija, y entonces te ocuparás de mis cosas, pero al galope, al galope tendido; tengo en mi sangre un veneno ardiente, el ardiente veneno del amor. ¡Ve hoy mismo a ver al judÃo!
—¡No puedo hacer eso! —respond×. No tienes en cuenta mi situación, el papel que tendrÃa que desempeñar; y ¿cómo, mi querido Bernardo, se te ocurre rebajarte a una aventura amorosa con una muchacha judÃa?…
—¡No comprendes nada! —me interrumpió—. JudÃa o no, eso no importa lo más mÃnimo si la mercancÃa es buena. ¡Venga, bendito muchacho! ¡Mi espléndido Antonio! ¡DedÃcate a aprender hebreo; lo estudiaremos los dos, aunque de formas distintas! Sé razonable y piensa en lo que puedes hacer por mi felicidad.