El Improvisador
El Improvisador —Sabes bien —repuse— lo dentro de mi corazón que te llevo. Sabes cómo tu poderosa fuerza se apodera de mis pensamientos, de mi voluntad entera. Si fueras perverso me pervertirÃas… ¡Entraré en tu cÃrculo mágico! No juzgo tus ideas de la vida comparándolas con las mÃas, cada cual ha de seguir su propio natural. Tampoco creo que sea pecado la forma en que buscas el placer, pues asà eres de naturaleza, yo soy completamente diferente. No me convenzas para participar en una aventura que, aunque resulte bien, jamás redundará en tu verdadera felicidad.
—¡Bien, bien! —me interrumpió, y vi aquella extraña mirada orgullosa que tantas veces habÃa dirigido a Habbas Dahdah cuando sus posiciones resultaban irrefutables—. ¡Bien, Antonio! ¡En realidad todo era una broma! No tendrás que ir al confesonario por mi culpa. Pero ¿qué mal puede haber en que tú aprendas un poco de hebreo y precisamente de mi judÃo? Eso sà que no lo entiendo. ¡Pero ni una palabra más! Gracias por la visita. ¿Quieres comer algo, beber algo? Aquà se te puede servir.
Me sentà incómodo. El tono en que me hablaba, toda su forma de comportarse era como insultante. Un frÃo gélido y una cortesÃa puramente formal respondieron a mi apretón de manos. Triste y preocupado abandoné enseguida su compañÃa.