El Improvisador
El Improvisador Tenía la clara sensación de que él no tenía razón alguna, de que yo me había comportado como debía, pero hubo instantes en que sentía que había sido malo con él. En mi lucha conmigo mismo recorrí el barrio judío con la esperanza de que mi buena estrella me proporcionara una aventura que beneficiase a mi querido Bernardo, pero ni siquiera vi al anciano judío; rostros desconocidos me observaban desde puertas y ventanas; niños sucios paseaban por las aceras en medio de toda clase de deshechos de hierro y ropa, y el incesante griterío de si quería comprar o vender me atontaba. Algunas niñas jugaban, de ventana en ventana, tirándose una pelotita de un lado a otro de la calle; una de aquellas niñas era realmente bonita… ¿sería la amada de Bernardo? Sin querer me quité el sombrero, pero me avergoncé al momento y me pasé la mano por la frente, como si hubiera sido el calor y no la muchacha lo que me hizo desnudar mi cabeza.