El Improvisador

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Acudía con bastante frecuencia al Palacio Borghese y al lado de Sua Eccellenza, de Fabiani y Francesca, encontraba un auténtico hogar, aunque muchas veces también un motivo de profundo dolor. Mi alma estaba llena de agradecimiento por todo cuanto les debía a todos ellos, pero cualquier mirada hosca proyectaba de inmediato una sombra sobre mi alegría de vivir. Francesca alababa mis buenas cualidades, pero al mismo tiempo pretendía corregirme: mi actitud, mis formas de expresarme, merecían sus críticas, que eran severas, incluso demasiado severas; no pocas veces me hacían saltar lágrimas a los ojos, aunque yo era ya toda una persona de dieciséis años. Su anciana Eccellenza, que me había sacado de la cabaña de Domenica y me había llevado a su espléndido hogar, seguía siendo bondadoso conmigo, ciertamente, como lo había sido desde nuestro primer encuentro, pero también él tenía las mismas objeciones de la Signora ante mi forma de ser. Yo no compartía su gran afición por las plantas y las hierbas más extrañas, y él lo consideraba una falta de interés por el trabajo escrupuloso. Mi propio Yo, pensaba el anciano, me tenía demasiado ocupado; yo no salía suficientemente de mí mismo, no dejaba que los rayos del espíritu cortaran el gran círculo del mundo.

—Recuerda, hijo mío —proseguía— que la hoja que se limita a enrollarse sobre sí misma acaba marchitándose.


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