El Improvisador
El Improvisador Pero después de cada uno de aquellos discursos me daba una palmadita en la mejilla y me consolaba irónicamente diciendo que vivíamos en un mundo perverso y que era preciso meternos en la prensa de secar flores para que la Madonna pudiera encontrar al menos algún buen ejemplar de nuestra especie. Fabiani se lo tomaba todo por el lado divertido, se reía de sus lecciones bien intencionadas, asegurando que yo nunca llegaría a ser erudito como Sua Eccellenza ni tan puntilloso como Francesca, sino un temperamento distinto a los dos, eso es parte de la vida, y tampoco es un temperamento que haya que rechazar. Entonces llamaba a su pequeña abadesa, y con ella olvidaba enseguida mis pequeños disgustos.
El año siguiente tenían intención de vivir en el norte de Italia, pasando los cálidos meses de verano en Génova y el invierno en Milán; en esa misma época se presentaba ante mí el gran salto: una especie de examen para aspirar al grado de abate y alcanzar así una posición más elevada que la que poseía por el momento.