El Improvisador
El Improvisador El lugar en que vivía mi tío era oscuro y feo; en una de las estancias no había ventanas y en la otra había una, pero muy arriba, en lo más alto de la pared, con los vidrios sucios y rotos. Tampoco había muebles, aparte de un cajón ancho y largo que utilizaba de cama, y dos barriles en los que guardaba sus ropas. Yo lloraba cada vez que tenía que entrar allí, y sabía perfectamente que, por mucho que mi madre intentara convencerme de que debía ser amable con él, lo cierto es que ella lo usaba como una especie de hombre del saco cuando se enfadaba conmigo, pues me amenazaba con mandarme a vivir con mi encantador tío, añadiendo que tendría que sentarme a su lado en la escalinata a cantar, y que así haría algo de provecho y me ganaría un baiocco. Naturalmente, yo sabía que jamás haría semejante maldad, pues yo era el niñito de su corazón.