El Improvisador
El Improvisador En casa del vecino había una pintura de la Madonna, que siempre tenía delante una lamparita encendida. Al atardecer, cuando las campanas llamaban al Avemaría, los hijos del vecino y yo nos instalábamos ante la pintura y cantábamos a la Madre de Dios y al precioso Niño Jesús, que estaban adornados con cintas, perlas y corazones de plata. A la oscilante luz de la lamparita, tuve muchas veces la sensación de que el Niño se movía y nos sonreía; yo cantaba en voz alta y clara, y decían que cantaba muy bien. En cierta ocasión, una familia de ingleses se detuvo a escuchar en silencio; y cuando nos pusimos en pie, el noble caballero me regaló un chelín de plata. Mi madre dijo que había sido por mi preciosa voz… pero ¡cuánto me perturbó aquel suceso! Cuando cantaba ante su imagen, ya no pensaba sólo en la Madonna, qué va, me fijaba en si alguien me escuchaba, y en lo bien que cantaba; pensando en esas cosas sentía enseguida una ardiente furia, me daba miedo que la Madonna se fuera a enfadar conmigo y, con toda mi inocencia, le suplicaba que cuidara del pobrecito de mí.