El Improvisador
El Improvisador El canto vespertino era el único momento en que me reunía con los otros niños. Yo vivía tranquilo, totalmente sumergido en mi propio mundo de sueños, que yo mismo me había creado. Podía pasarme horas tumbado de espaldas y con el rostro hacia la ventana abierta, mirando el asombroso, precioso azul del cielo de Italia, el prodigioso juego de colores de la puesta del sol, cuando las nubes cuelgan como un crespón violáceo sobre la tierra dorada. Muchas veces deseé volar por encima del Quirinal y las casas hacia los altos pinos que se erguían como negras sombras en el horizonte, rojo como el fuego. Al otro lado de nuestra estancia, la vista era completamente distinta: allí estaban nuestro jardincito y el de los vecinos, espacios angostos entre las altas casas, casi cerrados arriba por los balcones de madera. En mitad de cada jardincito había un pozo, y el espacio que quedaba entre éstos y las paredes de la casa apenas era suficiente para que pasara una persona. En realidad, lo único que podía ver desde arriba era los profundos pozos, cubiertos por completo por esas plantas tan delicadas que llamamos culantrillos; la parte más honda se perdía en la oscuridad. Era como si pudiera ver las profundidades de la tierra, donde mi fantasía creaba las imágenes más extrañas. Mi madre puso en la ventana una rama para enseñarme los frutos que crecerían de ella, y para impedir que me cayera y me ahogara.