El Improvisador

El Improvisador

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II

Visita a las catacumbas. Me convierto en niño de coro. El precioso niño de los angelitos. El improvisador

Nuestro inquilino, el joven pintor, me llevaba a veces con él en sus paseos fuera de las puertas de la ciudad. Yo procuraba no molestarlo mientras hacía sus bocetos, pero cuando acababa lo entretenía con mis cotilleos, pues ya comprendía bien la lengua. Una vez estuve con él en la Curia Hostilia, en lo más profundo de las oscuras cuevas donde, en la antigüedad, guardaban las fieras salvajes para los juegos, en los que arrojaban inocentes prisioneros a hienas y leones. Los oscuros pasillos, el monje que nos guiaba y que una vez tras otra golpeaba la roja antorcha contra el muro, los profundos estanques de piedra llenos de agua clara como un espejo; más aún, tan clara, que se hacía preciso tocarla con la antorcha para convencerse de que llegaba hasta el mismo borde y no se trataba de un mero hueco vacío, como parecía en su inmensa transparencia. Todo espoleaba mi fantasía, y no sentía miedo porque no era consciente de peligro alguno.

—¿Vamos a las cuevas? —le pregunté al ver, al final de la calle, la parte superior del Coliseo.

—¡No, a un sitio mucho más grande! —respondió—. Lo que vas a ver allí sí que merece la pena. Y allí pienso dibujarte, además, chavalito valiente.


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