El Improvisador
El Improvisador Y seguimos caminando sin detenernos entre las blancas tapias que cerraban los viñedos y las antiguas ruinas de los baños, hasta que nos vimos por fin fuera de Roma. El sol caía a plomo y los labriegos habían construido unos chamizos con ramas verdes encima de sus carros, donde dormían mientras los caballos, dejados a su antojo, paseaban lentamente mordisqueando el saco de heno que llevaban colgando del cuello. Finalmente llegamos a la cueva de Egeria[3], donde comimos nuestro almuerzo y mezclamos el vino con el agua fresca que brotaba entre los bloques de piedra. Paredes y arcos, toda la gruta estaba cubierta por dentro de espléndida vegetación, como un forro de seda y terciopelo, y en torno a la gran entrada colgaba la hiedra abundante y jugosa, como la parra en los valles de la Calabria. A pocos pasos de la gruta hay una casita, o, mejor dicho, lo que queda de ella, pues es ya una pura ruina completamente arrasada, que se yergue sobre uno de los accesos a las catacumbas. Éstas, como todo el mundo sabe, hacían las veces, en los viejos tiempos, de red de vías de enlace entre Roma y las localidades vecinas, pero desde entonces se ha hundido una parte de ellas y otras se han tapiado porque servían de guarida a bandoleros y contrabandistas.