El Improvisador
El Improvisador Repicaban a Pascua todas las campanas, los cardenales salían en sus lujosos carruajes sobrecargados de lacayos en la parte trasera; los séquitos de los ricos forasteros, el ajetreo de los peatones, todo llenaba por completo las estrechas callejas. En el Castillo de Sant’Angelo ondeaban las grandes banderas con los colores papales y las sagradas imágenes de la Madonna. En la Plaza de San Pedro había música y se vendían coronas de flores, tallas que representaban al Papa que iba a dar la bendición. Las fuentes jugaban con sus inmensos chorros y por toda la columnata habían instalado palcos y bancos que ya estaban casi completamente ocupados, igual que la plaza misma. Al poco salió de la iglesia una multitud casi igual de grande, donde procesiones y cantos, exposición de sagradas reliquias, trozos de la lanza, de los clavos, etc., confortaban a tantos espíritus piadosos. La enorme plaza parecía un mar de personas, una cabeza, al moverse, rozaba otra cabeza, las hileras de coches se hacían cada vez más apretadas, campesinos y muchachos trepaban a los pedestales de las estatuas de santos, era como si en aquel instante Roma entera viviera y respirase solamente allí. El Papa fue sacado de la iglesia en procesión, en un espléndido trono llevado sobre los hombros de seis sacerdotes vestidos de carmesí, dos clérigos más jóvenes lo abanaban con gigantescas colas de pavo real sujetas a largas varas, los sacerdotes movían ante él los incensarios y los cardenales iban detrás, entonando cantos píos. En el instante en que el cortejo salió por las grandes puertas, fue recibido con júbilo por todos los coros. Descendió por la gran escalinata de mármol hasta la galería, en cuyo balcón se mostró el Papa, rodeado por los cardenales. Todos, jóvenes o ancianos, se hincaron de rodillas, también las largas filas de soldados; solamente los extranjeros de religión protestante siguieron en pie, pues no estaban dispuestos a inclinarse para recibir la bendición de un anciano. Annunziata hincó una rodilla en el suelo de su coche y miró con ojos de profunda emoción al Santo Padre, cuando el profundo silencio lo inundó todo y la bendición descendió como invisibles lenguas de fuego sobre nuestras cabezas. Desde el balcón papal ondearon dos legajos, uno con el perdón de los pecados, otro con el anatema a los enemigos de la iglesia, y el populacho pugnó por apoderarse aunque sólo fuera de un pedacito de ellos. Repicaron de nuevo las campanas de todas las iglesias, la música se sumó a su júbilo; yo me sentía tan feliz como Annunziata. En el momento en que nuestro carruaje se puso en movimiento, Bernardo pasó muy cerca de nosotros; saludó a las damas, pero no dio señal alguna de reconocer mi presencia.