El Improvisador
El Improvisador —¡Qué pálido está! —dijo Annunziata—. ¿Estará enfermo?
—No lo creo —respondÃ, aunque sabÃa perfectamente qué era lo que alejaba la sangre de sus mejillas. Aquello animó mi determinación; sentà cuán alto era mi amor por Annunziata, que serÃa capaz de hacer por ella cualquier cosa, y si ella me concedÃa su amor, yo la seguirÃa, no me cabÃan dudas sobre mi propio talento dramático, y de mi canto conocÃa bien el efecto que causaba, ansiaba poder comparecer por siempre en el escenario con gloria, a su lado, ¡mas habÃa de atreverme a dar el primer paso! Si ella me amaba, ¿qué podÃa exigir Bernardo? PodÃa cortejarla si querÃa, si su amor era tan fuerte como el mÃo, y si ella lo amaba a él, bien, yo me apartarÃa en ese mismo instante. Eso le escribà ese mismo dÃa en una carta que, estoy convencido de ello, respiraba un corazón cálido y leal; pues derramé muchas lágrimas sobre el papel al recordar nuestra antigua relación y la forma en que mi corazón se habÃa unido a él. Al enviar la carta me sentà mucho más tranquilo, aunque la idea de perder a Annunziata me atormentaba con su afilado pico como el águila a Prometeo. Pero también soñé con ir siempre con ella, cosechar gloria y satisfacción a su lado. Como cantante, como improvisador, mi vida tendrÃa un nuevo comienzo.