El Improvisador
El Improvisador —¡Grita todo lo que quieras! —continuó con su voz apagada—. ¡Que vengan a ayudarte, pues que tú solo no te atreves a enfrentarte ni a una persona sola! ¡Antes de que me aten las manos, tú estarás muerto! —me entregó una pistola—. ¡Venga, dispárame, o seré yo quien te mate a ti! —y me arrastró con él hacia el exterior, yo tenÃa en la mano la pistola que me habÃa dado, con la que me defendÃa de él.
—¡Ella te ama a ti! ¡Y con orgullo pretendes demostrárselo a todos los romanos, y a mÃ, a quien engañaste con traicioneras zalamerÃas, aunque jamás te di pie para ello!
—¡Estás enfermo, Bernardo! ¡Estás loco, no te acerques! —intentó arrojarse sobre mà y yo lo empujé para apartarle… entonces oà el disparo, mi mano temblaba, todo estaba lleno de humo a mi alrededor, pero un extraño suspiro, grito no puedo llamarlo, llegó hasta mis oÃdos, hasta mi corazón… ¡Mi pistola se habÃa disparado, Bernardo yacÃa ante mà sobre un charco de sangre! Igual que un sonámbulo seguÃa yo con la pistola bien sujeta entre mis dedos; sólo entonces oà voces que provenÃan de la gente de la casa, y oà el grito de Annunziata:
—¡Cielo Santo! —vi ante mà a Annunziata y a la anciana señora, y me di cuenta de la desgracia que acababa de suceder.