El Improvisador

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—¡Bernardo! —aullé desesperado, e intenté arrojarme sobre su cuerpo, pero Annunziata estaba arrodillada a su lado, intentando detener la sangre. Aún veo su pálido rostro, la mirada fija en mí. ¡Yo estaba como clavado en el sitio!

—¡Sálvese, sálvese! —gritó la anciana señora, tirándome del brazo.

Entonces grité yo, abrumado por el dolor:

—¡Soy inocente! ¡Jesús, María! ¡Soy inocente! ¡Quería matarme, fue él quien me dio la pistola, se disparó por azar! —y lo que en otra situación nunca me habría atrevido a confesar, lo dije ahora a gritos en mi desesperación—: ¡Annunziata, los dos te amábamos! ¡Yo quería morir por tu amor, igual que él! ¿Quién de nosotros dos te era más querido? ¡En este momento de desesperación, dime si me amas, y entonces huiré!

—¡Fuera! —balbuceó ella haciéndome un gesto con la mano, mientras atendía al muerto.

—¡Huya! —gritó la anciana señora.

—Annunziata, ¿quién te era más querido? —pregunté, abrumado por el dolor. Entonces bajó su cabeza hacia el muerto, la oí llorar y vi sus labios tocar la frente de Bernardo.

—¡Los gendarmes! —se oyó gritar a nuestro alrededor—. ¡Huya, huya! —y fui alejado de la casa como por unas manos invisibles.


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