El Improvisador
El Improvisador —¿La cuerda se ha perdido? —pregunté.
—La encontraremos, la encontraremos —respondió, y siguió buscando. Entretanto, la primera vela se habÃa quemado por completo y el espanto del joven pintor fue en aumento según iba consumiéndose la otra, muy deprisa por lo mucho que la movÃa, y la cera caÃa caliente sobre su mano. Y es que sin ayuda del cordel serÃa imposible encontrar el camino, cada paso podÃa conducirnos a profundidades aún mayores, donde nadie podrÃa salvarnos.
Tras su infructuosa búsqueda se dejó caer sobre la tierra, me abrazó por el cuello y gimió:
—¡Pobre niño! —y yo me eché a llorar desconsolado, pues tenÃa el presentimiento de que nunca más volverÃa a ver mi casa.
Federigo me apretó contra él tan fuerte, tumbado como estaba en el suelo, que mi mano se deslizó bajo él; movà los dedos entre las piedras y me encontré con la cuerda entre los dedos.
—¡Está aquÃ! —grité.
Me cogió la mano y se puso loco de alegrÃa, porque nuestras vidas pendÃan, en el sentido más literal, de aquel cordel. Estábamos salvados.
¡Qué cálido lucÃa el sol, qué azul era el cielo, que verdes los árboles cuando regresamos al aire libre! El pobre Federigo me dio otro beso, sacó del bolsillo su elegante reloj de plata y me dijo: