El Improvisador

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Mi fantasía creaba miles de objetos extraños en los interminables corredores, que se abrían a los lados dejando ver únicamente una inmensa oscuridad. Estaba enfrascado en mis pensamientos cuando, de repente, me llevé un susto al oír a mi amigo el pintor exhalar un gemido y verlo dar saltos a un lado y otro, aunque siempre en el mismo lugar. Se agachaba una vez tras otra, como para recoger algo; encendió entonces la vela entera y buscó todo a su alrededor. Su forma de comportarse me inspiró temor y me puse en pie llorando.

—¡Por Dios, no te muevas! —exclamó—. ¡Por Dios y por todos los santos! —y volvió a pasar la mano por el suelo.

—¡Quiero subir! —grité llorando—. ¡Ya no quiero estar más aquí abajo! —le cogí la mano e intenté atraerlo hacia mí.

—¡Anda, niño, sé un niño bueno! Te daré dibujos y bizcochos. ¡Toma, unos chelines! —y sacó la bolsa de dinero y me dio todo lo que contenía. Pero noté que su mano estaba helada y temblorosa. Aumentó aún más mi inquietud y grité llamando a mi madre, pero entonces me sujetó con fuerza por los hombros, me zarandeó y gritó—: ¡Si no te estás tranquilo te daré una paliza! —y me pasó su pañuelo por el brazo y me sujetó con fuerza, pero al instante se inclinó hacia mí, me dio un beso, me llamó niño mío, me llamó Antonio, y añadió—: ¡Reza a la Madonna!


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