El Improvisador
El Improvisador No logré hacerme ni una idea somera de conjunto, aunque el pintor tampoco debía de tenerla muy clara, pues de otro modo no habría tenido la ocurrencia de llevarme allí abajo, siendo como era solamente un niño. Encendió una vela y se guardó otra en el bolsillo, ató firmemente el extremo de un ovillo a la puerta por la que entramos, y comenzó nuestro paseo. A ratos, los túneles eran tan bajos que sólo yo podía caminar erguido, y otras veces se elevaban en altas bóvedas o se ensanchaban en grandes cuadrados que se cruzaban con otros. Atravesamos la rotonda con el pequeño altar de piedra en el medio, el lugar donde los primeros cristianos, perseguidos por los paganos, realizaban en secreto sus misas. Federigo me habló de los catorce papas y miles y miles de mártires que yacían allí enterrados. Acercamos la vela a los huecos de los nichos y vimos en ellos esqueletos amarillentos[4].
Avanzamos unos pasos más y Federigo se detuvo, porque el ovillo de cuerda había llegado al final. El extremo se lo ató al ojal, colocó la vela entre unas piedras y comenzó a dibujar los profundos corredores; yo me senté a su lado en una piedra, y él me ordenó juntar las manos y mirar a lo alto. La vela estaba casi agotada, pero tenía otra entera y también yesca y pedernal, para poder encenderla de nuevo si se apagaba de pronto.