El Improvisador

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Aquel regalo me alegró de tal manera que olvidé por completo todo lo sucedido. Pero cuando mi madre se enteró de lo que había pasado no se mostró nada dispuesta a olvidarlo, y nunca más volvió a autorizar al joven a que me llevara con él. Fra Martino dijo, además, que si nos habíamos salvado había sido solamente por mí, que era a mí solamente a quien la Madonna había entregado el cordel, a mí y no al hereje de Federigo, y que yo era un niño bueno y piadoso y jamás debería olvidar su clemencia y compasión. Todo esto, así como las afirmaciones de algunos de que yo había nacido para hombre de iglesia, ya que no sentía el menor aprecio por las damas, con la única excepción de mi madre, parecía indicar que, en efecto, yo debería convertirme en siervo de Dios. Yo no tenía ideas muy claras al respecto, como es natural, pero lo cierto es que la compañía de las damas solía resultarme molesta, molestia que yo confesaba con total ingenuidad y que hacía que se burlaran de mí las mujeres y las muchachas que venían a visitar a mi madre. Todas se empeñaban en besarme. Había sobre todo una muchacha campesina, Mariuccia, que con ese género de bromas lograba con frecuencia que las lágrimas asomaran a mis ojos. Era de lo más vivaracha y petulante, se ganaba la vida trabajando de modelo y vestía siempre bellas ropas de muchos colores, con una cofia blanca cubriendo sus cabellos. Muchas veces posaba para Federigo, pero también venía a visitar a mi madre y entonces decía que era mi novia y que yo era su novio, así que tenía que darle un beso. Yo nunca quería, pero ella me obligaba por la fuerza. Así sucedió una vez, que me dijo lo de siempre y yo lloré tan desconsoladamente como un niño de pecho, según dijo, y entonces pretendió ponerme a mamar como a los pequeñitos; intenté escapar escaleras abajo pero ella me agarró, me puso entre sus rodillas y apretó mi cabeza contra su pecho, y como yo intentaba apartarme, lleno de repugnancia, apretaba cada vez con más fuerza. Arranqué el alfiler de plata de sus cabellos, que se derramaron sobre sus hombros desnudos. Mi madre estaba en un rincón, riendo y animando a Mariuccia, mientras Federigo, que estaba en la puerta de su habitación sin que nadie se percatara de su presencia, pintaba el grupo.


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