El Improvisador
El Improvisador Desconozco por completo lo que acordaron mi madre y Fra Martino, pero resulta que, una mañana, mi madre me hizo ponerme hábito y sobrepelliz y me hizo mirarme en el espejo. Desde aquel día sería niño de coro en la iglesia de los capuchinos, llevaría uno de los grandes incensarios y cantaría con los demás ante el altar. Fra Martino me lo enseñaría todo. ¡Oh, qué feliz me sentía! Al poco me sentía en el pequeño pero acogedor convento tan a gusto como en mi casa, conocía cada una de las cabezas de ángeles del retablo, cada voluta de color de los pilares, y hasta con los ojos cerrados podía ver a San Miguel encima del horrible monstruo[5], como había querido representarlo el pintor, y me hacía extrañas ideas sobre las calaveras talladas en el suelo, con coronas de hiedra en las sienes.