El Improvisador

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No tenía valor para acercarme más, pero había de cerciorarme. Fui pegado a la pared hasta una puerta abierta que daba a una gran sala en penumbra, a fin de poder observarlo sin que él me viera. En la sala reinaba una luz crepuscular, rojas y blancas lámparas de cristal desprendían una débil luz, allí dentro había un jardín artificial con cabañas de hojas, aunque éstas eran de latón pintado, y entre unas y otras había bonitas vasijas de madera con naranjos; papagayos disecados de plumas multicolores aleteaban en las ramas, mientras un pequeño armonio tocaba, en apagadas notas, ligeras, bellas melodías que llegaban al corazón. Una suave brisa soplaba desde el porche por las puertas abiertas. No había hecho sino lanzar una rápida mirada al conjunto cuando entró Bernardo, caminando directamente hacia donde yo me encontraba, y mecánicamente me escondí en la cabaña de hojas más próxima; saludó sonriente con la cabeza, como si hubiera visto a algún conocido, y entró a la cabaña más cercana, se dejó caer sobre el diván y tarareó a media voz una canción. Mil sentimientos se agitaban en mi pecho: ¿él aquí? ¿Yo tan cerca de él? Sentí un temblor recorrerme todo el cuerpo y hube de sentarme. Las aromáticas flores, la música medio apagada, la penumbra, incluso el mullido diván, todo creaba una especie de mundo onírico, y sólo en éste podía creer en el azar de ver a Bernardo de nuevo. En éstas, la joven dama en la que me había fijado entró por la puerta, entró en la cabaña de enramada en la que me encontraba, fuego y espanto recorrieron mi sangre; pero entonces canturreó Bernardo en alta voz, ella reconoció la voz y fue hacia él, oí un beso… que abrasó mi alma.


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