El Improvisador

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¡Annunziata lo había preferido a él, al frívolo, desleal Bernardo, en vez de a mí! Y ya, tan poco tiempo después de cumplirse la felicidad de su amor, la había olvidado, había profanado sus labios en una figura de belleza hecha de simple barro. Salí corriendo de la estancia y del edificio, mi corazón palpitaba violentamente de furia y dolor, sólo de madrugada conseguí conciliar el sueño.

Había llegado la noche en que haría mi debut en el teatro San Carlo. Aquella idea y lo sucedido el día anterior agitaban mi alma entera. Mi corazón jamás había rezado con tanta devoción a la Madonna y a los santos, fui a la iglesia, tomé de manos del sacerdote la hostia consagrada, el cuerpo ensangrentado de nuestro Salvador, oré para rogarle que me purificase y me diera fuerzas, y noté su milagroso poder; solamente un pensamiento alteraba aún la calma que precisaba: si Annunziata estaría también allí, si Bernardo estaría con ella. Federigo me informó con toda certeza de que ella no estaba, mientras que Bernardo llevaba cuatro días en la ciudad, según lo que indicaban los registros de viajeros. Yo sabía que Santa tenía fiebre pero quería ir al teatro de todos modos. Los carteles estaban expuestos, Federigo contaba historias y el Vesubio arrojaba fuego y cenizas con más violencia de lo habitual, todo estaba en marcha.


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