El Improvisador
El Improvisador La ópera habÃa empezado cuando el carruaje me llevó al teatro. Si la Parca hubiera estado sentada junto a mÃ, con su hacha levantada, a punto de cortar el hilo de mi vida, creo que le habrÃa gritado: ¡Corta!… ¡Dios mÃo, que todo salga bien!, fue mi pensamiento y mi plegaria.
En el foyer encontré un buen número de artistas de la escena y algunos espÃritus bellos, incluso un improvisador, profesor de lengua francesa, llamado Santini; Maretti me lo habÃa presentado. La conversación era agradable, bromeaban y reÃan; los cantantes del Barbero iban y venÃan, como si se tratase de un baile de sociedad, el escenario era su hogar, al que ya estaban más que acostumbrados.
—Le daremos a usted un tema —dijo Santini—; bueno, una nuez dura de cascar. ¡Pero no habrá problema! Aún recuerdo cómo temblaba la primera vez que subà a un escenario, pero todo fue bien, yo tenÃa mis trucos, pequeños artificios artÃsticos inocentes que la razón nos proporciona. Saberse de memoria unos cuantas piececitas sobre el amor, sobre la antigüedad, la belleza de Italia, la poesÃa y el arte, de las que se puede echar mano cuando es necesario, y también un par de poemas, naturalmente.
Le aseguré que yo no llevaba nada preparado.