El Improvisador

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Pensé rápidamente en el tema, se fue construyendo un pequeño relato, y nuevas ideas afloraron al cantar… Comencé con una descripción de la iglesia abandonada de Posillipo, aunque sin pronunciar su nombre, aquel romántico hogar me había atraído sobremanera y pinté un cuadro de la iglesia, convertida ahora en casa de pescadores; un muchachito estaba tumbado en la cama bajo la ventana, donde la imagen de San Jorge se veía aún en la vieja vidriera; en la apacible noche iluminada por la luna, una muchachita preciosa se acercaba a él; era tan bella, tan ligera como el aire y en los hombros tenía preciosas alas de colores. Jugaron los dos y ella lo condujo hasta los verdes viñedos, le enseñó mil cosas maravillosas que él nunca había visto; fueron a la montaña, que se abrió con grandes, deslumbrantes iglesias, llenas de imágenes y altares; navegaron sobre el esplendente mar azul y el humeante Vesubio, pero la montaña era como de cristal; vieron el lugar de donde brotaba fuego, con enorme fragor; visitaron bajo tierra las viejas ciudades de las que él había oído historias, pero ahora, todas las gentes estaban vivas, vio su riqueza y magnificencia, mayores aún de lo que adivinamos por sus ruinas. La muchachita se quitó las alas, las sujetó a los hombros del niño, pues ella era como el aire, no las necesitaba, y volaron los dos sobre los naranjos, sobre los montes, sobre las fértiles ciénagas verdes, hasta la antigua Roma, en la muerta campiña; volaron sobre el bellísimo mar azul, dejaron Capri muy atrás, descansaron en las deslumbrantes, rojas nubes, y la muchacha le dio un beso, dijo que su nombre era Fantasía, le mostró el precioso castillo de su madre, construido de aire y rayos, y allí jugaron, felices y contentos. Pero, según el niño iba creciendo, la muchachita iba a verlo cada vez con menor frecuencia: sólo iba a saludarlo cuando la luna asomaba entre los multicolores pámpanos y naranjos, y él se quedaba triste e inundado de añoranza. Tenía que ayudar a su padre en la mar, aprendió a manejar el remo, a rizar las velas y gobernar la barca en la tormenta; pero según iba creciendo, tanto más pensaba en su amada compañera de juegos, que ya nunca venía a verlo. Muchas veces, en las claras noches de luna, cuando bogaba por el mar en calma, dejaba los remos; a través de las profundas, claras aguas veía el fondo, la planicie de arena y algas; Fantasía se asomaba entonces con sus preciosos ojos oscuros, mirándolo, parecía hacerle señas y llamarlo para que bajara.


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