El Improvisador
El Improvisador Mi poema había emocionado hasta hacer saltar las lágrimas, una enorme ovación atronó por doquier y tras la caída del telón hube de salir dos veces a saludar. Una felicidad, una alegría sin nombre me recorrían de arriba abajo, pero oprimía mi corazón como si fuera a romperse; cuando salí del escenario y me abrazaron y felicitaron, rompí a llorar, a llorar con toda la fuerza de mi alma.
Con Santini, Federigo y algunos de los cantantes, pasamos una alegre velada, se bebió a mi salud, yo me sentía feliz, pero mis labios estaban como atados.
—¡Es una perla! —dijo de mí Federigo, muy contento—. Su único defecto es que también es un José Segundo, lo que los daneses denominaríamos, para mayor evidencia, un José, hijo de Jacob. ¡Disfruta la vida, Antonio! ¡Recoge las rosas antes de que se marchiten!
Volví a casa tarde, y con plegarias y gracias a la Madonna y a Jesucristo, que no me habían abandonado, concilié enseguida un sueño profundo y reparador.