El Improvisador
El Improvisador Lo primero que vi fue una acogedora, elegante estancia con espesas cortinas largas ante las ventanas, una bonita estatua de Cupido afilando sus flechas, un quinqué cuya luz iluminaba el conjunto con colores mágicos. Santa estaba reclinada en el mullido sofá de seda, vestida con un fino camisón. Se incorporó a medias cuando entré, se envolvió en la bata con una mano y me extendió la otra.
—¡Antonio! —exclamó—. ¡Qué gran éxito! ¡Hombre feliz! ¡Encantó a todo el mundo! Ay, no sabe bien el miedo que tenÃa por usted, cómo me palpitaba el corazón, y con qué feliz alivio volvà a respirar cuando superó de tan espléndida manera todas mis expectativas.
Me incliné ante ella, le pregunté por su salud, ella me extendió la mano y me aseguró que iba mejor.
—¡SÃ, mucho mejor! —y añadió—: Parece usted una persona nueva. ¡Fue bello, muy bello! Cuando se entusiasma, tiene usted un aspecto magnÃfico. Era usted a quien se distinguÃa en cada poema. En el muchachito con el pintor en las catacumbas me los imaginé a usted y a Federigo.
—Y asà fue, realmente —la interrump×. Yo mismo vivà lo que he cantado.
—Sà —respondió ella—. Todo lo experimentó usted mismo, la felicidad del amor, el dolor del amor, ¡ojalá llegue a ser feliz como merece!