El Improvisador

El Improvisador

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Nos sentamos en la basa de una columna caída. Gennaro había alejado a los mendigos, y en silencio gozamos la espléndida naturaleza que nos rodeaba. Las montañas azules, la cercanía del mar, el lugar mismo en el que nos encontrábamos, me sobrecogían de una forma extraña. «¡Improvisa para nosotros!», dijo Fabiani, y Francesca hizo un gesto que expresaba idéntico deseo. Me apoyé en la columna más cercana y canté con una de las melodías de mi infancia lo que mis ojos estaban viendo en aquellos instantes: la belleza de la naturaleza, los magníficos recuerdos del arte, y pensé en la pobre niña ciega a quien estaban vedadas todas aquellas maravillas. Era doblemente pobre, estaba doblemente sola. Mis ojos se llenaron de lágrimas, Gennaro aplaudió, y Fabiani y Francesca dijeron a la vez: «¡Tiene sentimiento!».

Descendieron los escalones del templo y yo los seguí lentamente; detrás de la columna junto a la que había estado, vi que se hallaba sentada, o más bien tumbada, bajo el aromático mirto, una figura con la cabeza baja y las manos fuertemente unidas detrás del cuello; era la niña ciega.

Había oído mi canto, me había oído cantar su añoranza y su nostalgia. Aquello fue como si me rajara el alma. Me incliné sobre ella, que oyó el murmullo de las hojas y levantó la cabeza, y me pareció que estaba más pálida. No me atrevía a moverme; ella escuchaba.


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