El Improvisador

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—¡Angelo! —exclamó a media voz.

No sé por qué, pero contuve la respiración; la niña siguió sentada en silencio por un momento. Era la diosa griega de la belleza, con ojos incapaces de ver, pero capaces de ver dentro del alma, tal y como la había descrito Annunziata. Estaba sentada en el zócalo del templo entre higos silvestres y olorosos mirtos; apretó un objeto contra sus labios y sonrió; era mi scudo, su gesto me hizo sentir un dulce calor, y sin querer me incliné un poco más… y mi beso ardió sobre su frente.

La niña soltó un grito, un grito penetrante que atravesó mi alma como un zarpazo de la muerte. Cual cervatilla asustada, dio un salto y escapó en un instante. Yo no veía nada, todo se movía a mi alrededor, eché a correr entre espinos y matas.

—¡Antonio! ¡Antonio! —oí gritar a Fabiani muy lejos, detrás de mí, y recuperé el sentido—. ¿Estás persiguiendo liebres? —preguntó—. ¿O se trataba de una huida poética?

—Quiere demostrarnos —dijo Gennaro— que puede volar, mientras que nosotros tenemos que ir andando pasito a pasito. ¡Pero yo también me atrevo a volar igual que él! —se puso a mi lado para echar a correr.

—¿Creéis que yo, con mi Signora del brazo, puedo mantener vuestro paso? —exclamó Fabiani. Gennaro se detuvo.


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